GRUPO DE AUTOAPOYO

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miércoles, 10 de abril de 2013

VIH EN LAS CALLES

REPORTAJE. El VIH está en las calles*

http://www.notiese.org/notiese.php?ctn_id=6477



Yared de la Rosa

Ilustración: Carlos Fernández Moreno

México DF, abril 08 de 2013.
Población invisible entre las invisibles, los jóvenes que habitan las calles deben sortear constantes retos y riesgos para subsistir. Entre ellos está también el riesgo de contraer el VIH/sida a consecuencia de la carencia de información y de conciencia del sexo protegido. A esto se suma la ausencia de políticas públicas dirigidas a esta población y la dificultad para acceder a los servicios médicos, al no contar con documentos de identidad.
Durante cinco años tuvo como hogar las calles de la ciudad de México. En algunas ocasiones ejerció el trabajo sexual y en otras consumió drogas. En ese mismo lapso, Antonio Solís fue testigo de la muerte de al menos 80 de sus amigos, todos por VIH/sida, infección que nunca controlaron, pues esta población carecía de servicios de salud y de información sobre infecciones de transmisión sexual (ITS).
Aún asistía al bachillerato cuando, en la década de los años 80, el ahora activista comenzó a vivir en las coladeras de la Alameda Central o en las frías escaleras en la estación Hidalgo del metro. Su decisión de vivir ahí se debió a que encontró en este grupo, que habitaba en la calle, identificación y compresión por su orientación homosexual.
Con la vista perdida y tratando de evocar los momentos que vivió en esa Alameda Central, Solís relata que si él o sus compañeros conseguían dinero, ya sea por medio del trabajo sexual o el robo, iban a pasar la noche a algún hotel de las colonias Guerrero o Morelos, pues eran relativamente "más baratos" y así se protegían del frío.
Afirma que todos los días alguno del grupo hacía trabajo sexual, pues conseguir un cliente garantizaba tener hotel ese día. Después del servicio, el cliente se marchaba del cuarto, y así llegaban a pasar la noche 10 jóvenes más.
El activista, de tez morena y ojos oscuros, enfatiza que el ejercer el trabajo sexual, el cual practicó "muy poco", lo llevó a correr el riesgo de contraer alguna ITS como el VIH/sida, enfermedad que "nunca adquirí". Sin embargo, algunos de sus amigos no corrieron con la misma suerte. "Muchas de las personas que conocí murieron de sida. Recuerdo que si traías un condón, la policía te golpeaba y te los quitaba. Era mucha violencia. Había constantes redadas, pero si los muchachos portaban su mona, ahí sólo se las quitaban".
De acuerdo con el Instituto de Asistencia e Integración Social (IASIS), órgano administrativo dependiente de la Secretaría de Desarrollo Social del Distrito Federal, se entiende por persona en situación de calle aquella "que se halle pernoctando en lugares públicos o privados, sin contar con infraestructura tal que pueda ser caracterizada como vivienda, aunque la misma sea precaria".
Batalla por el derecho a la salud
En 2008, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF) presentó el Diagnóstico de Derechos Humanos del Distrito Federal, en el cual el capítulo 31 enfatiza que "para las y los habitantes de la calle, acceder a servicios médicos en la ciudad sólo es posible si se superan dos obstáculos: disponibilidad de espacios y la discriminación del personal de salud".
En el mismo documento, El Caracol A.C., organización civil que defiende los derechos de las personas que tienen como hogar la calle, denuncia que continuamente el personal sanitario les niega los servicios médicos por la "falta de higiene" de estas personas.
Entrevistado por Letra S, el director de El Caracol, Luis Enrique Hernández, menciona que a nivel constitucional el Estado está obligado a garantizar el derecho a la salud de todos los mexicanos; sin embargo, las personas que están en situación de calle no cuentan con servicios de salud debido a la falta de documentos para poder acceder a éstos, y por la discriminación.
Considera que se han hecho esfuerzos por cubrir el derecho a la salud a través del sistema gratuito del Distrito Federal o del Seguro Popular. "Pareciera que con estos dos esfuerzos se estaría garantizando el derecho a la salud, pero hay pequeñas variantes: muchos de quienes viven en la calle no tienen acta de nacimiento, y ese documento te lo piden forzosamente para el trámite".
Apunta que estas personas llegan a ser discriminadas cuando intentan ingresar a un hospital, pues el personal les impide el acceso. "Algunos médicos nos han dicho: 'hasta que no lo traigas limpio no lo podremos revisar', o dicen 'nos podemos contaminar'. La discriminación es por su condición física".
Hernández denuncia que hace falta que el gobierno genere "acciones afirmativas" para garantizarle servicios de salud a esta población y no hacer "espacios estilo guetos". Esto último en alusión al Hospital para el Niño de la Calle, un programa piloto del Hospital Pediátrico Iztacalco llevado a cabo en 2005. A quien ingresaba a este hospital le daban una toalla para bañarse y después pasaba con un trabajador social para realizar los trámites de documentos. Este servicio fue cerrado, pues no había presupuesto y no funcionó, apunta el director de El Caracol.
El VIH y la discriminación
El Caracol ha realizado un seguimiento de la muerte de niños, niñas, jóvenes y adultos callejeros en el Distrito Federal denominado Estadísticas de la muerte callejera 1995 a 2005, ciudad de México. En este registro se documentaron 184 muertes, entre ellas, 10 a causa del VIH/sida.
Actualmente, la organización civil tiene identificados tres casos de personas con VIH entre la población con la que trabajan. Sin embargo, gran parte de esta población no sabe si tiene el virus, "desconocen el tema", señala Luis Enrique Hernández.
Cada año, la organización realiza una campaña llamada Prevensida con el objetivo de llevar a esta población información sobre ITS. A través de una botarga de un pene reparten postales y condones.
En 2009 y 2010, dentro de esta campaña realizaron pruebas rápidas de detección del virus en sus instalaciones. "Los chavos que vinieron salieron negativos. Eso quiere decir que no hay un índice muy alto de VIH dentro de esta población. Hablamos más o menos del 5 por ciento". No obstante, la prevalencia de la infección en la población general en México es de 0.3 por ciento.
Por su parte, Antonio Solís, quien trabajó con El Caracol, indica que uno de los factores que hace vulnerable a esta población frente al VIH es el consumo de drogas, ya que estas sustancias hacen que las personas no tengan una percepción del riesgo, pues no utilizan un condón para evitar contraer alguna ITS. Asimismo, el sexo recompensado, el abuso sexual y la falta de servicios de salud son otros factores que vulnerabilizan a esta población.
El activista menciona que muchas de las personas que acceden a una instancia de salud para que les realicen una prueba de VIH y resultan positivas, no siguen el proceso para obtener un tratamiento antirretroviral debido a que se encuentran en constante movimiento (cambian de lugar) y no siempre tienen el control de sus pertenencias.
Servicio asistencial
Antonio Solís es activista en VIH/sida desde la segunda mitad de los ochenta. Afirma que las autoridades federales no han visibilizado las circunstancias por las que pasan las personas que tienen como hogar la calle y viven con VIH/sida debido a que "no les interesa", y las instituciones gubernamentales que lo hacen tienen una visión asistencialista, como los albergues.
Por su parte, el director general del Instituto de Asistencia e Integración Social del Distrito Federal, Rubén Fuentes Rodríguez, dio respuesta electrónica a una entrevista solicitada por Letra S. En ella apunta que esta institución ofrece servicios de asistencia social a personas en situación de calle; sin embargo, no realizan pruebas rápidas de detección de VIH.
Los servicios médicos que proporcionan los 10 Centros de Asistencia e Integración Social (CAIS) que tiene este organismo son: "atención de baja complejidad, donde se desarrollan actividades de promoción y protección específica, diagnóstico inicial y tratamiento oportuno de enfermedades más frecuentes"; asimismo, señala, que "los casos que requieren de tratamientos especializados u hospitalizaciones se canalizan a otras instituciones de salud".
De esta manera, indica que cuando sospechan de casos con VIH, los canalizan a la Clínica Especializada Condesa. El funcionario agregó que uno de los objetivos de los CAIS es la reinserción social, familiar y laboral de las personas que habitan la calle.
Pruebas rápidas y tratamientos
La Clínica Especializada Condesa da servicio de detección, prevención y atención del VIH/sida a los habitantes de la ciudad de México que no tienen seguridad social. Aunque es necesario presentar documentos como acta de nacimiento e identificación oficial para recibir tratamiento antirretroviral en este nosocomio, las personas en situación de calle también pueden tener estos servicios, pues hay "un procedimiento específico. Son programas que funcionan para personas que viven en albergues, y con migrantes que están de paso", apunta la coordinadora del Programa de Sida del Distrito Federal, Andrea González.
Las personas viviendo en la calle y que tienen VIH son una población que no solamente necesita tratamiento antirretroviral, sino un apoyo social para que sigan con los medicamentos, ya que muchas de éstas suspenden su proceso, agrega la funcionaria.
Desde hace dos años, cada jueves, los consejeros Octavio Parra y Geovani Tena salen de la Clínica a bordo de una camioneta para llevar información sobre VIH/sida a hombres trabajadores sexuales que pertenecen a la población callejera, y los invitan a acudir al nosocomio para realizarse una prueba de detección del virus e integrarlo a los servicios, en caso de resultar positivo. También reparten condones y lubricantes. Estos servicios son parte del programa Punto Seguro, el cual va dirigido a hombres que tiene sexo con otros hombres (HSH), trabajadores sexuales y que son mayores de 18 años.
Estrategia de atención, ausente
Respetar, proteger, promover y garantizar los derechos a la salud para las personas viviendo en la calle, así como no discriminarlas por su condición física, son algunas de las estrategias que recomendó el Programa de Derechos Humanos del Distrito Federal en su capítulo 26. Sin embargo, hace falta un primer paso: visibilizar la magnitud de esta población, la cual no está contemplada en los censos de población y vivienda que realiza el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI).
La Dirección General del IASIS ha elaborado censos de esta población desde 2008. El más reciente (2011-2012) indicó que hay 4 mil 14 personas en situación de calle, de las cuales 547 son mujeres y 3 mil 467 hombres. La mayoría (32 por ciento) tiene entre 18 y 30 años de edad.
Antonio Solís destaca que quienes tienen un trabajo proactivo con esta población son algunas organizaciones no gubernamentales, las cuales invitan a las personas de la población callejera a asumir su vida, a aceptar sus responsabilidades y crear proyectos alternativos a sus decisión de vivir en la calle.
"No se trata de cambiar la vida diaria de quien ha decidido vivir así. Al final de cuentas, estemos o no de acuerdo, muchos han decidido vivir en la calle, y otros tantos no tienen opción. Pero la mayoría de los albergues tienen visión asistencial".
Para Luis Enrique Hernández, las personas que viven en la calle no tienen acceso a los sistemas de salud ni a información sobre educación sexual, pues no se ubican como una población de prioridad para el Estado. "A las instancias de gobierno no les importa atender a esta población o ver qué enfermedades tienen, lo que buscan es retirarlos de la vía pública o tenerlos en un albergue". Esto en referencia a la "limpieza social": acciones en las que por medio de operativos, retiran del espacio público a grupos callejeros.
*Publicado en el número 201 del Suplemento Letra S del periódico La Jornada el jueves 4 de abril de 2013
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martes, 12 de febrero de 2013

Historia de una transexual colombiana

El Sexódromo: Historia de una transexual colombiana

El Ángel Exterminador •
Ser "trans" tiene que ver con la manera en que yo me siento y quiero que me vean, sin importar mi genitalidad.
México • Me llamo Laura Weinsten y nací en la ciudad de Bogotá, Colombia, en el seno de una familia judía. Mi infancia transcurrió en soledad, porque no entendía que la gente no comprendiera lo que yo vivía. Sabía que era diferente, algo me pasaba, mi vida era distinta. Cuando me di cuenta de que los chicos me gustaban pensé que era la única persona así en el mundo. Pero, además, me gustaba todo lo relacionado con lo femenino. Eso generaba momentos de mucha tristeza. A los ocho años ya sufría de depresión. Por ejemplo, pensaba: ¿Por qué no puedo jugar con muñecas y tengo que hacerlo con carros? En Colombia, los paquetes de papas fritas traían unos muñequitos muy pequeños que se convirtieron en parte de mi niñez. Con ellos me creaba una vida: les hacía faldas, les ponía accesorios. A mí mamá le regalaron una Barbie. Cuando no estaba, la agarraba para jugar y me sentía feliz.
“Cuando tenía cinco, seis años, fue la primera vez que me puse prendas femeninas: un vestido de mi hermana, con flores, y un sombrero de mi mamá. Teníamos un patio interno muy bonito y yo salí a caminar ahí muy orgullosa. Mi padre se enteró. Me encerró en un cuarto oscuro por horas. Hoy en día me aterra estar en lugares cerrados sin luz. Lo único que se me ocurrió fue rezar, porque me sentía sola. No entendía qué era lo malo que había hecho.
“No sabía qué era eso de la feminidad, de la masculinidad. Cuando me preguntaban: ‘¿Y usted qué es?’, respondía: ‘Femenino’. Se reían, se burlaban pero nadie me explicaba. Era doloroso porque no entendía por qué se burlaban de mí. Tengo muy presente una vez en que me tomaron una foto cuando tenía 11 años, con dos primos. Yo estaba en medio, ellos a los lados. Me pareció muy bonita, porque siempre he sido muy soñadora. Les dije: ‘¡Parezco una flor!’, y por años se rieron de mí.
“En la adolescencia nadie me invitaba a fiestas. Los demás sí iban pero nunca me invitaban, así que fui a la primera hasta los 22 años. Mi hermano, cuando yo tenía 14 años, me agarró con sus amigos para ‘enseñarme a caminar como un hombre’. Sentí un rechazo muy fuerte por parte de todos, pero debía acoplarme a lo que la gente quería para sentirme parte del mundo. Una amiga me dijo: ‘Yo te enseño a caminar como hombre y tú me enseñas a caminar como mujer’. Para mí los descansos en la escuela eran un tormento, porque estaba sola.
“Ya en la preparatoria me topé con las burlas también de los profesores. Me herían. Odiaba el deporte y me obligaban a jugar futbol. Esta es la historia de muchas personas trans, o simplemente incomprendidas, que tienen que cargar con un dolor tremendo.
“Cerca de casa había un grupo de mujeres transexuales en trabajo de calle. Mi papá me dijo que eran travestis. Me pareció interesante. Le pregunté a mi hermano qué era un travesti y me respondió que un hombre vestido de mujer. Eso volteó mi mundo, porque supe que era posible ser mujer siendo hombre. Comencé a frecuentarlos y me di cuenta de cómo las maltrataban los clientes, la policía, cómo se las llevaban para regresarlas lastimadas, les disparaban con balines. Comencé a crear lazos con ellas.
“En Colombia, el pirobo es un chico afeminado que aún no hace su transición. Ellas me gritaban: ‘Pirobito, ¿usted qué hace aquí? ¡Váyase para su casa!’. ¡No tenía aceptación ni en un lado ni en el otro! Una de ellas me jaló un día y me preguntó: ‘¿Usted qué quiere hacer de su vida?’. Le respondí que quería ser como ella. Me dijo: ‘¿Quiere ser como yo, con esta vida tan triste, tan solitaria? Sabe qué, váyase para su casa, estudie y cuando sea grande decida lo que quiera, pero no antes, no cometa los errores de muchas de nosotras’. Eso me hizo reflexionar y decidir hacerlo.
“Un día llevé a mi tía al hospital y llegaron unas chicas trans terriblemente heridas a las que no querían atender. Yo hice mucho alboroto, recordando a los médicos lo de su juramento de curar a todos. Como al final logré que las atendieran, pensé que pedir, aunque fuera a gritos, era una buena manera para hacer respetar sus derechos. A los 18 años iba manejando por una calle donde se paraban muchas mujeres trans. Vi que las estaba golpeando la policía, así que me paré, les abrí la puerta y les dije que se subieran. Más adelante nos detuvieron. Fue la primera vez que llegué a la cárcel. Todas esas anécdotas te llevan a querer hacer algo, comenzar a conocer el trabajo de otras activistas. Existen mujeres transexuales que hacen una labor muy valiosa. Nunca he ejercido la prostitución pero la siento muy cercana, y ellas han dado una lucha enorme para que tengamos algunos derechos. Ahora soy una de las coordinadoras del Centro Comunitario LGBT de Bogotá.
“Treinta años atrás no había las cirugías de reasignación sexogenérica, así que se ‘fabricaban’ los cuerpos con hule espuma. La policía les echaba agua y luego las sacaban de la ciudad, las desnudaban y las dejaban tiradas. Antes de la Constitución del 91 en Colombia, no podías tener prendas femeninas en tu casa; si te descubrían podías llegar a prisión. Ahora queremos derechos iguales a los de todos y una vida digna para las personas trans.
“Hay que abandonar el prejuicio y ver al otro como el ser humano que es. Necesitamos derechos igualitarios. Cuando veamos a una mujer trans en la calle no hay que violentarla u ofenderla. Muchas se hacen operaciones no adecuadas en su cuerpo y les traen problemas de salud. Sería más barato para el gobierno ofrecer una atención adecuada para la feminización que lo que están pagando ahora para solucionar los daños.
“El tema de vivienda y trabajo digno es muy importante. Los hombres trans también sufren violencia. Hay que educar y reeducar a los demás en algo que es fundamental en todas las sociedades: el respeto al otro, el no hacerle daño al otro.
“Soy una mujer trans que tiene una religión como cualquier otra y soy judía. Vine a México para el Décimo Festival Internacional de Cine Judío; presenté la película Liberándose en la lluvia, que aborda de una manera muy especial el tema transexual. Los invito a que la vean porque muestra la realidad de las personas trans pero de una manera positiva, relacionada con la familia, con la pertenencia, con el ser aceptadas. Nos hace mucha falta la aceptación de la familia.
“Las personas transexuales no venimos de otro mundo. Nacimos como cualquier otra persona. Tenemos una mamá y un papá, no crecimos como plantas. El ser hombre o mujer está en la cabeza. Tiene que ver con roles sociales. Es muy triste concebir a las mujeres como tales sólo porque tienen vulva. Ser trans tiene que ver con la manera en que yo me siento y quiero que me vean, sin importar mi genitalidad, lo que hay debajo de mi ropa. Se trata de ser felices siendo quienes somos”.
LA FIESTA DE EL SEXÓDROMO
Mis queridos lectores, tengo diez pases dobles para que asistan a la fiesta que se realizará el próximo martes en el Teatro-Bar El Vicio (Coyoacán, DF) para celebrar la primera década de vida de esta columna.
Habrá música en vivo, showcitos diversos, información sobre salud sexual y erotismo, bailongo, convivencia entre amigos, protagonistas de este espacio y lectores.
Los interesados deberán decirme en breves líneas desde cuándo leen El Sexódromo y por qué les gustaría asistir al reventón. ¡Espero sus mensajes!

lunes, 12 de diciembre de 2011

Y en medio de nosotros, el VIH

 *



Leonardo Bastida Aguilar

Ilustración: Adrián Nandayapa

México DF, diciembre 09 de 2011.
Desde hace dos años, Pepe y Deme viven una relación sentimental en la que han quedado de lado factores como la edad o las creencias. Para ellos, lo más importante es aceptar a la persona como tal, sin juzgar, por lo que el hecho de que uno sea VIH positivo y el otro negativo no ha sido un impedimento para forjar una vida en común.
“Cuando estás enamorado de una persona y quieres entablar una relación, su estado serológico pasa a segundo término. No puede ser que por saber que la otra persona es VIH positiva no quieras saber nada de ella. Una relación va más allá de lo sexual”, relata Deme para explicar por qué decidió tener una relación de pareja con Pepe, su novio desde hace dos años, quien es seropositivo desde 2005.
Amantes de la naturaleza, uno biólogo y otro veterinario, viven inmersos en el canto de pájaros, pavorreales, y una gran cantidad de plantas que dan a su hogar un toque de tranquilidad en medio de un barrio céntrico de esta ciudad. Para ambos, la convicción de una salud integral va más allá del prejuicio que podría pesar sobre quien es seropositivo, pues una pareja requiere de armonía y convicciones para salir adelante, razón por la que enfocan sus energías a la salvaguarda del medio ambiente y los recursos naturales.
También evitan caer en el consumo excesivo de alcohol, llevan una dieta a base de verduras, frutas y oleaginosas, hacen meditación y ejercicio. Este ritmo de vida beneficia a ambos, coinciden. “Si promovemos la salud entonces tenemos que ser congruentes y vivir sanamente”.
Besos, sonrisas, abrazos y caminar de la mano son aspectos de la vida cotidiana que les gusta compartir. Incluso la parte más polémica “para algunas conciencias”, como son las relaciones sexuales, la realizan con el mayor cuidado posible. Para ellos es importante no renunciar al placer. Se puede tener sexo con condón o juegos sexuales que no requieren de penetración, asegura Deme. Además, Pepe ha mantenido su carga viral indetectable debido a la alta adherencia a su tratamiento antirretroviral, hecho que, cuando han ocurrido accidentes como la ruptura del condón, ha contribuido a que Deme no se haya infectado.
A pesar de saber esto, la confianza no cede y cuando ocurren accidentes acude a realizarse pruebas rápidas de detección después del correspondiente periodo de ventana, así como las confirmatorias. Nunca ha considerado tomar tratamiento postexposición ya que, asegura, en caso de que no haya condones prefiere no tener relaciones, pues no es fácil tomar terapia antirretroviral.
Deme reconoce que el riesgo de infección provocó ciertos momentos de tensión en la pareja, los cuales fueron superados por el diálogo y la confianza, aunque aclara: “para Pepe no es tan difícil, el que tendría más problemas sería yo. A veces dice que soy un exagerado, pero lo prefiero a infectarme”.
Sin embargo, para ambos, lo más importante ha sido repensar el sexo. En primer lugar, explica Deme, se debe entablar una buena comunicación en la que se establezcan “las reglas del juego”, ya que, considera, se deben proteger ambos para hacer las “cosas” con precaución y sin problema. Al respecto, explican, que ahora le apuestan más a los juegos sexuales que no necesariamente deben culminar en una penetración, hecho que, en un principio, reconoce Pepe, no le gustaba del todo, pues él prefiere la penetración, pero ahora ha aprendido a disfrutarlos plenamente.
La pareja está a la expectativa de los resultados de investigaciones que han demostrado que en las parejas serodiscordantes –con un integrante VIH positivo y el otro negativo– como ellos, la adherencia al tratamiento antirretroviral evita nuevas infecciones debido a que la carga viral del miembro positivo permanece indetectable, aunque confiesan, por más pruebas que haya, es fundamental practicar el sexo seguro para evitar la infección.
Al paso del tiempo, reconocen que se han acabado las tensiones y se dedican a disfrutar. Incluso, narra Deme, cuando se conocieron en un centro deportivo, y Pepe le dijo ocho días después que era VIH positivo, le reclamó por no haber conocido esa información desde un principio. Para él, si alguien desea estar contigo es importante saber todo de esa persona, sin importar lo que sea.
Pepe comenta que hace casi siete años, cuando supo su condición serológica, sintió que el mundo se derrumbaba. Su frustración fue muy grande. En primer lugar, fue internado en un hospital como consecuencia de una pelagra –enfermedad en la piel causada por la falta de vitamina B3– pero su condición de hombre homosexual mayor de 50 años hizo que le practicaran una prueba de VIH en la que resultó positivo.
Además, confiesa, desde que supo sobre la existencia del VIH/sida practicó sexo protegido, sin embargo, sospecha que fue su primer pareja sexual quien lo infectó. Sin tapujos afirma que es frustrante tener un estado serológico positivo cuando ha dedicado muchos años de su vida a la prevención de la infección por VIH.
Para él, se debe acabar con la visión de que la vida acaba con el virus. Por el contrario, él ha logrado encontrar una pareja y se considera muy afortunado por tener “otra almita que te escuche, que te acompañe”. Aunque reconoce que puede ser difícil una convivencia, “debe haber una empatía y condiciones que favorezcan que se armonicen esas dos personas”.
El paso del tiempo y diversas experiencias le hicieron reflexionar, lo que le permitió iniciar una relación sentimental. El hecho de que Deme lo acompañe a su consulta mensual a la Clínica Especializada Condesa o que hagan proyectos juntos como la agricultura urbana, el diseño de azoteas verdes o el estudio de la medicina cuántica le hacen reconocer que “es muy padre que alguien en libertad de no enfermar pueda apoyar al otro, así nos vamos dando la mano”.
*Publicado en el número 185 del Suplemento Letra S del periódico La Jornada el jueves 1 de diciembre de 2011Y en medio de nosotros el VIH

jueves, 11 de agosto de 2011

El Centro de Investigaciones en Salud de Comitan AC (CISC), se une a la pena de la Familia Vazquez Razo por el sensible fallecimiento de Arturo.

El Centro de Investigaciones en Salud de Comitan AC (CISC), se une a la pena de la Familia Vazquez Razo por el sensible fallecimiento de Arturo.
Amigo querido, companiero de lucha en la epidemia del VIH.
Hace 11 años Arturo llego a tierras Chiapanecas, con su liderazgo las organizaciones de Chiapas empezamos a escribir una historia diferente en la lucha del VIH, su experiencia, pasion y su tan peculiar caracter se hizo aliado de varias organizaciones e instituciones, asi como de los medios de comunicacion, en el estado.
Activista reconocido, querido amigo, en las buenas y las malas estuvimos juntos.
Comparto un fragmento del correo que le escribio Gregorio Gomez Gomez el dia de ayer:
A donde te encuentres, sin duda alguna seguiras tan intrepido como siempre, te recuerdo como el hombre que vino a poner los puntos sobre las ies cuando la lucha contra el VIH/SIDA en Chiapas era incipiente. Como no recordar esas reuniones acaloradas en las que junto a Janet se propusieron abrir las puertas de la dependencia que debia abanderar esta cruenta lucha contra la pandemia que marco el cambio de siglo. Tantas batallas que caminamos juntos, con el grupo de trabajo Arturo, como pedirte que no te vayas; que sigas ahi en la trinchera; los tuyos te reclaman, los que te rodeamos te extrañamos, los que se beneficiaron con tus arrebatos, te lloran, y te piden, Arturo, no te vayas; porque hombres como tu, han sido y seran blanco de mis agrias criticas y vasallo de mis impetuosas alabanzas, por tu don de gente, por tu generosidad, por haber sabido darte sin preambulos, sin retobos, sin jactancias.

Amigo de luchas, si tienes que irte, entonces ve a donde tienes que ir, con la frente en alto y con el dulce sabor del deber cumplido... y si decides regresar.. aqui esta tu casa, de puertas abiertas.. Chiapas..
Arturo, tu cuerpo yace inerte, mientras estes en nuestra mente y corazon, seguiras vivo para nosotr@s.
Nuestro más sincero pesame a sus padres, hermanos de sangre, hermanos de lucha, sobrinos, compañeros de trabajo, amig@s. Muchos corazones estan triste, pero el ya esta descansando.
Atentamente
Integrante del CISC AC
Comitan Chiapas

martes, 23 de noviembre de 2010

Los rostros del VIH

Los rostros del VIH
Por Hernán Paniagua.- Sobre la manera en que yo me relaciono conmigo mismo y el valor que le pongo a mi futuro y mi calidad de vida, ¿yo podría enfrentar al reto de vivir toda una vida con VIH?
Hoy el SIDA ha dejado de ser el escalofriante fantasma que acechaba en la oscuridad de nuestras sábanas (o la del hotel, el asiento trasero del auto o los cuartos oscuros, ya sabes), paulatinamente ha ido perdiendo su rostro demacrado y afectado por la lipodistrofia, atacado por el sarcoma y muerto, finalmente muerto. Hoy tenemos tratamientos y medicamentos que no son tan agresivos como lo fueron en los años ochenta, cuando la enfermedad debutó en nuestra sociedad dictando una sentencia segura para la mayoría de quienes se infectaron con el virus; hoy sabemos que vivir con VIH no implica necesariamente estar enfermo, y mucho menos que vas a morirte pasado mañana.

Nos habíamos habituado a tener miedo y como una reacción natural del ser humano, trivializamos el origen de nuestra ansiedad para conseguir respirar tranquilos. A nadie le gusta vivir con miedo. La consecuencia fue que progresivamente le hemos restado importancia al riesgo que para la vida tiene el SIDA, y seamos puntuales: no para la cantidad, sino para la calidad de vida.

Los laboratorios de investigación científica se han encargado de que una mujer u hombre que padecen cáncer, hepatitis, SIDA o alguna de entre muchas otras enfermedades, puedan alcanzar una buena expectativa de vida; en lo mismo contribuyen instituciones de varios tipos que, con programas y planes de salud pública, proporcionan todo lo necesario para que el paciente se estabilice y sobreviva. Eso está bien; estupendo, comparado con lo poco que teníamos antes. Y con noticias como esta, también la actitud de la gente está cambiando.

No es, necesariamente, que la sociedad mexicana sepa más que antes acerca del VIH, pero una cosa si tenemos muy en claro todos: no está padre discriminar a alguien porque vive con un padecimiento determinado, o porque vive infectado de algo que no puede transmitirse por mecanismos más cotidianos, como el virus del SIDA. A las personas, actualmente nos da pena que nos cachen discriminando en público, por eso, al menos a veces nos guardamos nuestras actitudes negativas para lo privado, cuando casi nadie nos escucha. Con esta situación de lo políticamente correcto, ya no da “tanta” pena salir de casa para hacer cola en una clínica de salud y solicitar tu dotación mensual de antirretrovirales; la creciente aceptación social, ya sea genuina o solo aparente, permite que cuando vives como portador del VIH puedas asimilar con “más facilidad” esa condición en tu vida.

El punto de referencia para afirmar algo como esto es la escasa calidad de vida que le quedaba a un hombre o mujer en los años ochenta e inicios de la década de los noventa, cuando inesperadamente adquiría el VIH por transmisión sexual o sanguínea; y considerando, por supuesto, que estas líneas que lees, se refieren a países o poblaciones relativamente avanzados. En una comunidad africana, indígena o viviendo en extrema pobreza, no había ni hay mucho que hacer cuando te sabes infectado por un virus como este. Paralelamente, es necesario puntualizar que vivir con VIH es siempre un reto de vida, por lo que, sin importar cuán avanzados sean los tratamientos, nunca será del todo sencillo vivir siendo seropositivo.

A menos, claro, que los tratamientos consistan en una vacuna o una cura.

Todo hace evidente, incluso para el observador más distraído, que está cambiando el modo en que nuestras sociedades se están relacionando con el VIH; ya no vivimos con el miedo que nos conmovía en otro momento, porque hoy el SIDA dejó de ser ese extraño mal del que no sabíamos nada, y le temíamos fundamentalmente porque nos era desconocido. Hoy es un tema bien cotidiano; le vemos en películas campañas publicitarias y obras de teatro, todos ahora conocemos alguien que vive con VIH o de un famoso que falleció por una dolencia que se complico por la presencia del SIDA o etcétera. Ya no tenemos miedo, al menos no tanto, y ese vivir sin miedo está bien. Por eso las nuevas campañas de sensibilización contra el VIH necesitan recursos y discursos distintos a la propagación del miedo para impactar en el público; uno ya no le pega a escuchar que si no haces tal o cual cosa te vas a morir, o que sufrirás un tormento eterno si no te portas como debes. Ahora el discurso necesita ser otro, especialmente en el tema del VIH, porque la relación que hoy tenemos con el SIDA también ya es otra.

En televisión y otros medios te dan diez mil argumentos de porqué debes para evitar enfermarte; pero ¿cuántas campañas se han hecho acerca del autocuidado? Te hablan con lujo de detalles acerca de la muerte; ¿pero qué tal que te hablaran un poco de las delicias de la vida?

Efectivamente no se trata de vivir con miedo, pero tampoco se trata de normalizar el riesgo al grado de neutralizar toda conducta de prevención: con la llegada del nuevo siglo se difundieron prácticas sexuales, como el bareback, que no solo crecieron en popularidad, sino que han ayudado a que crezcan las estadísticas de infección por VIH. En el bareback, quienes sostienen una relación sexual eligen no usar condón en el momento de la penetración; las razones de esta preferencia son muy variadas y van desde el “con condón no se siente lo mismo”, hasta “me gusta ponerme en manos de mi hombre”, o “quiero que mi pareja confíe totalmente en mi”. Es verdad que el encuentro sexual sin protección con una persona que es portadora del VIH no necesariamente va a causar la transmisión del virus, pero la sola y aleatoria posibilidad de que eso suceda durante el sexo no protegido es equivalente a apostar nuestra calidad de vida en el tiro de una moneda. ¿Cuántos apostadores expertos conoces que se apuntarían a un juego como este?

Igual, en años recientes se ha difundido en Estados Unidos una alarmante práctica sexual que conjuga fiestas sexuales, clandestinidad y VIH, pero no incluyen en la fórmula al sexo protegido, no por olvido, sino por estrategia. Vamos, pensemos que por definición una orgía es un encuentro sexual multitudinario que puede o no involucrar el uso de condones; en las orgías, además, puede haber quien prefiere solamente ver, sin participar, o quien solo vaya a pasearse desnudo. En las fiestas sexuales donde el VIH es el invitado de honor, en cambio, los participantes asisten enfáticamente para exponerse a la transmisión del “bug” o bicho, que es el sobrenombre con el que identifican al virus, mediante un acto que ellos llaman “the gift”, o el regalo. Pueden verse las convocatorias en distintas redes sociales de Internet donde dan a conocer fecha y lugar del evento, a ellas asisten quienes pretenden obsequiar el virus y quienes quieren recibirlo. Actualmente ya empieza a haberlas en México.

Algunos de los receptores del regalo sostienen que gracias a “the gift” pueden mantener con ellos una parte de su pareja (la de turno), que en algunos casos es quien transmite el virus; otros insinúan que al momento de tener en su sangre el “bug” su vida cambia (lo cual es a todas luces innegable), se visualizan a sí mismos como algo distinto a lo que eran, con un sentido de pertenencia y una identificación con otras personas portadoras. Conversando con ellos en entrevista a través de chats, da la impresión de estar conversando con personas en una profunda búsqueda de su propia identidad e incómodos consigo mismos. Lo que su noción del VIH plantea, es que siendo portadores de virus tienen acceso a programas sociales, grupos de apoyo, redes y otros espacios a los cuales pertenecer. De alguna manera, eligen llevar su búsqueda por una identidad al reto de vivir con VIH, finalmente, confirman ellos, tener VIH no es necesariamente estar enfermo.

Vivir con VIH efectivamente no implica estar enfermo, pero también es cierto que la calidad de vida queda tremendamente comprometida. La persona que vive siendo portador o portadora del virus, necesita cuidar mucho de su calidad de sueño, de sus hábitos alimenticios, prácticas sexuales, actividad física y hasta de sus estados de ánimo; ok, es cierto que todo ser humano también requiere de cuidar su sueño, sexualidad, comida, ejercicio y emociones para tener una buena calidad de vida, pero cuando se es portador del VIH, lo que en un momento era recomendable, ahora se vuelve obligatorio. No importa qué institución se encargue de proveerte de recursos para estar bien, ni que organización te ofrezca programas para que no te sientas solo en tu lucha contra el virus; finalmente eres tú mismo quien elige o no salir de casa y enfrentar la vida, eres quien lleva el virus en su interior y quien elige o no seguir los tratamientos para mantenerse bien o abandonarlos.

La existencia del SIDA y la posibilidad de infectarse de VIH no es algo que deba tomarse a la ligera. Es verdad que lo que hace un portador del virus para sobrevivir, es precisamente lo que cualquiera tendría que hacer consigo mismo para estar bien, pero con el VIH uno tiene menos oportunidades de equivocarse, y menos tiempo que perder. Trabajando en psicoterapia con personas que son portadoras del virus he conocido personas que viviendo con VIH han conseguido mantenerse bien, y de paso, han logrado construirse vidas ejemplares, se un nivel de salud que yo mismo envidiaría: cuidan de sí mismos y de sí mismas, valoran de una manera sustancial la vida y han trabajado tanto en encontrar el “equilibrio”, que se han convertido en grandes personas; pero hay algo que suelen decir: que pena que tuve que vivir con el virus para tener que darme cuenta de esto.

Finalmente, no importa qué rostro le demos al SIDA, no es otra cosa que una enfermedad que se puede originar con la infección por VIH; y ultimadamente tampoco importa tanto la forma en que nos relacionamos con él, simplemente cambiemos el enfoque: lo relevante es la manera en que yo me relaciono conmigo mismo o conmigo misma y el valor que le pongo a mi futuro y mi calidad de vida, ¿yo podría enfrentar al reto de vivir toda una vida con VIH?, ¿cómo se facilitarían mis planes a futuro si hoy le doy importancia a mi bienestar?

lunes, 22 de noviembre de 2010

Difunden campaña contra el VIH/sida en el STC Metro

Difunden campaña contra el VIH/sida en el STC Metro




  • Montan exposición “Una mirada positiva” en la estación Pino Suárez
    Christian Rea Tizcareño

  • Foto: Gideon Mendel
    México DF, noviembre 22 de 2010.
    La muestra fotográfica “Una mirada positiva”, que narra la vida de 14 personas con VIH, se exhibe desde el pasado 4 de noviembre en la estación Pino Suárez del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro, dependencia capitalina que con las imágenes y mensajes de la exposición, también realiza en las 11 líneas de la red, una campaña conmemorativa del 1 de diciembre, Día Mundial de Lucha contra el Sida.
    Sonia Morales Cruz, coordinadora de la exposición, informó que el Gobierno del Distrito Federal imprimió las 86 fotografías montadas en las vitrinas ubicadas sobre el pasillo que conecta las líneas 1 y 2 en la estación Pino Suárez. Estas imágenes constituyen un proyecto de la organización civil Letra S, Sida, Cultura y Vida Cotidiana y el Make Art/Stop AIDS de la Universidad de California en Los Ángeles, Estados Unidos.
    Precisó que la Secretaría de Salud capitalina realizó un tiraje de 40 mil volantes alusivos a la exposición. El STC Metro elaboró 60 paneles de andén, 606 dovelas y 606 carteles en las 11 líneas de esta red de transporte.
    Refirió que el próximo 30 de noviembre, a las 11:00 horas, se efectuará una ceremonia conmemorativa del Día Mundial de Lucha contra el Sida en la estación Pino Suárez, a la cual está invitado el jefe de Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard Casaubon; el titular de Salud local, Armando Ahued; el director del STC Metro, Francisco Bojórquez, y la activista Silvia Carmona.
    Morales Cruz comentó que un grupo de voluntarios realiza mil 500 encuestas para conocer la opinión de la gente hacia la exposición y medir el impacto de la campaña. Lamentó que entre los entrevistados aún haya quien conciba al VIH como “una enfermedad inventada por el hombre”.
    Gabriela Carrillo, encuestadora voluntaria, mencionó que a los transeúntes “les llama la atención los casos de amas de casa, se dan cuenta que no sólo es una enfermedad de homosexuales. Una señora se puso a recordar cómo su hermano murió hace 15 años. Decía que si tal vez en ese tiempo hubiera habido más información y más apoyo del gobierno, tal vez su hermano seguiría con ella”.
    Flor Nájera, una de las 14 personas que participaron en “Una mirada positiva”, opinó que con la exposición, “ya no quedamos en la oscuridad. Estamos demostrando que el VIH no es un signo de muerte, sino de vida. Yo ya llevó 21 años con el virus y tomando el medicamento, 14 años. Estoy diciéndole a todo el mundo que se cuide, que el VIH sí existe”.
    Efectúan pruebas rápidas de VIH
    La campaña del STC Metro también incluye la aplicación de pruebas rápidas de VIH. A un costado de la exposición, el activista Apolonio Gómez detalló que a la fecha han sido practicadas 298, de las cuales sólo una salió positiva: un hombre con prácticas bisexuales que inmediatamente fue canalizado a la Clínica Especializada Condesa.
    Mercedes Trujillo, ama de casa de 40 años de edad, se hizo la prueba de VIH el lunes pasado. Antes de obtener su resultado, platicó que tiene dos hijos, una de 14 y uno de 18, a quienes “les digo que se protejan, para eso hay el condón, para usarlo, porque muchos de los jóvenes no lo usan. Yo gracias a Dios he tenido la confianza, tenemos muy buena comunicación”.
    Jorge, de 53 años, resultó negativo al VIH. En entrevista narró que “he tenido relaciones sexuales con varias mujeres y nunca uso condón. Ese es mi defecto: me gusta sentirlas y hacerles de todo. Siento que no es igual al tocarlas con un guante, por decir. Por eso es que vengo aquí, a ver qué onda.
    “A mi hijo le indiqué claramente y con cariño que evitara a los homosexuales. No tengo nada contra ellos, pero son los mayores contaminadores de sida. La vía rectal no es lo adecuado, por el excremento y ese rollo, ¿no?”, concluyó.
    Apolonio Gómez señaló que si bien la población está interesada por su salud sexual y reproductiva, aún hay quienes piensan erróneamente que las chinches y los moscos transmiten el VIH, o que la epidemia “nada más se da en la gente cochina, o sea, homosexuales y prostitutas”.
    La mayoría de quienes se hicieron la prueba gratuita, reportó haber adquirido infecciones de transmisión sexual diferentes al VIH en el pasado, y “casi todas” las mujeres confesaron vivir con el Virus del Papiloma Humano, destacó.
    Con el apoyo de las organizaciones Colectivo Sol y AIDS Healthcare Foundation, Gómez, junto con José Antonio Arias y Bernardo Sol Eva, planean realizar entre 250 y 350 pruebas rápidas, los días 22, 23 y 30 de noviembre. Agregó que a la fecha han sido repartidos cerca de 3 mil condones a los usuarios de la estación Pino Suárez.
    Según datos del STC Metro, en 2009 fueron transportadas cerca de mil 414 millones 907 mil 798 personas en las 175 estaciones de la red. Pino Suárez es una de las 41 correspondencias del sistema y tiene una afluencia de 2 millones 568 mil 166 usuarios en la Línea 1 (Observatorio-Pantitlán) y 1 millón 156 mil 154 en la Línea 2 (Cuatro Caminos-Taxqueña).
  • sábado, 13 de noviembre de 2010

    José y su baño de realidad

     
    P.P.: ¿De qué medicamentos me estabas hablando, de los nuevos o los anteriores?
    J.: Los nuevos.
    P.P.: ¿Cuáles son?
    J.: Tenofovir, Ritonavir y Atazanavir, el viejo que sigo tomando es Abacavir.
    P.P.: Ah, ¿son cuatro?
    J.: Sí, dos de esos son de la misma familia, y los otros dos de diferentes familias. Tomo cuatro pastillas. Tres una vez por día a la noche, y otra una vez cada 12 horas. Lo que pasa es que un medicamento refuerza al otro: el Ritonavir no lo podés tomar solo, lo tenés que tomar con el Atazanavir, porque el Tenofovir le baja las concentraciones, entonces para equilibrar las concentraciones en sangre hay que dar otro medicamento para que estén en el mismo nivel. En realidad es poquito, es una pastilla diaria de Ritonavir, pero no importan los medicamentos, lo que importa es que cada medicamento tiene un efecto colateral, entre ellos el tema del azúcar, que tiende a subir, y además, como te contaba antes, el tema del riñón. Como mi abuela y mi hermano tuvieron diabetes y mi bisabuelo también, empecé a hacerme la cabeza. Mi médico me había dicho que me hiciera un análisis de glucosa en sangre porque en el último me había visto los valores un poco altos, no mucho, ahí. Previo a eso me había hecho estudios del corazón y del riñón, que habían salido bien. Cuando empecé a leer en Internet sobre la diabetes, entendí que uno de los medicamentos generaba un desarreglo metabólico, que hacía subir el azúcar en sangre y que por lo tanto podía dar diabetes 2. Eso implica que si tenés diabetes, tenés que tomar otra pastilla para frenar la diabetes. Me empecé a preocupar por esa situación y a tener todos los síntomas de la diabetes, todos, empecé a mear mucho, la boca se me ponía pastosa, tenía mucha sed, todos los síntomas. Entonces me preocupé y fui a la guardia de Osplad para que me hagan un estudio. Tenía todos los síntomas, tenía angustia, me dolía el pecho, la boca pastosa, orinaba. Una médica de guardia me hace hacer todos los estudios, por las dudas: electrocardiograma, análisis de orina, análisis de sangre; en una hora cuarenta tenía todos los resultados. Se los llevo a la mina y me dice: “No tenés nada, ni siquiera tenés azúcar en sangre. Y ni siquiera estás cerca de los rangos límite. Debe ser la cabeza. Mirá, yo cuando iba a tener a mi hija y estaba embarazada, ese año fallecieron mi mamá y mi papá. Yo tenía terror de que mi hija se muriera, el tema de la vida y la muerte estaban ahí. Y entonces me agarró un ataque de pánico durante un año y tuve que tomar Rivotril. Y después se me pasó, porque era la cabeza, no era nada, era susto, era miedo”.
    Yo me empecé a identificar y empezamos a hablar: a mí me pasó esto y a mí esto otro, nada del médico distante, yo soy el sano y usted el enfermo.
    P.P.: Pero era una médica que no es tu médica.
    J.: Una médica de guardia que me encontré en la vida justo ese día y en ese horario. Cuando le cuento esto a Gustavo, me dice, ‘claro, porque la gente portadora de HIV siempre está con el tema de la enfermedad y la muerte’. Por más que ahora no te mueras, si no te cuidás, te morís. Y bueno, después cambié la onda, al otro día no tenía nada, se me fue toda la angustia, se habían borrado todos los síntomas por un papel que había dicho que los números estaban bien.
    P.P.: Entonces, la conversación con la médica fue terapéutica.
    J.: Recontra terapéutica. Ella no se puso en el lugar de la sana. Me hizo sentir que lo que me pasaba le puede pasar a cualquiera. Me encantó.
    P.P.: ¿Y tu médico?
    J.: El estaba de viaje, pero ya me había recomendado que hiciera esto: “Cuando tengas esa paranoia de que te está pasando algo, andá a la guardia y chequeate”. Contrastar con la realidad te hace bien.

    Mi médico y yo

    Cómo se transformaron las relaciones entre profesionales y pacientes desde que vivir con vih dejó de ser una condena a muerte.

    Por Pablo Pérez

    Para las personas que viven con VIH y reciben tratamiento, la relación con el médico o médica se ha convertido en una de larga duración, deseada o no. Ya sin el dramatismo que tenían las consultas antes de que los tratamientos de drogas combinadas demostraran su efectividad para evitar la reproducción del virus, en el consultorio se plantean desde miedos añejos hasta deseos nuevos –¿puedo tomar vacaciones de la ingesta diaria de pastillas?– o dudas siempre presentes –cómo transmitir el diagnóstico a una pareja, por ejemplo–. Lo cierto es que la sombra de la muerte se ha desplazado por el brillo más sutil de buscar la mejor calidad de vida posible. En esta relación profesional médico-paciente se puede rastrear, en definitiva, de qué se trata vivir hoy con VIH.
     
    Oscar Rizzo y Pablo Pérez.
     Por Pablo Pérez
    Empecé a tratarme con el Dr. Rizzo en 1996; por entonces estaba escribiendo mi primera novela, Un año sin amor, una de cuyas líneas argumentales refiere a la importancia de encontrar un buen médico: “Por ahora siento que mi mejor médico soy yo mismo”, escribía decepcionado de todos los médicos de diferentes hospitales que me habían atendido desde mi llegada a Buenos Aires, en el año 1992. El Dr. Rizzo aparece al poco tiempo, como respuesta a aquella necesidad que había formulado por escrito. Para escribir este artículo decidí entrevistarlo; también conversé con algunos amigos, con quienes a menudo hablamos de médicos, achaques y tratamientos.

    Antes y después del Congreso de Vancouver

    Recibí mi diagnóstico de portador de VIH en París, en el año 1990. Hacía ya algunos años que padecía una enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC), no podía parar de toser, tosía en el cine, en el colectivo, tosía desde que me acostaba a dormir hasta que podía conciliar el sueño, muchas veces pasaban más de dos horas. Además de la tos, la falta de aire, me costaba caminar, cada cuadra me parecía larguísima y subir escaleras era una proeza. Había pasado por la consulta de varios infectólogos, primero en París, donde fui atendido en Medecins du Monde y luego en Medecins sans Frontières. Ya en Buenos Aires, pasé por el Hospital Argerich, luego por el Hospital de Día del Fernández. Los diferentes médicos a los que consultaba me recetaban antibióticos, siempre diferentes y cada vez más caros, ninguno me hacía efecto. Decidí consultar a un neumonólogo. Fui al Hospital María Ferrer, especializado en enfermedades respiratorias. Allí me atendió primero una médica, que me derivó al Dr. Rizzo, que además de ser neumonólogo atiende a los pacientes con VIH del hospital. Yo había empezado a escribir Un año sin amor sin sospechar que la situación de los seropositivos cambiaría de manera tan radical gracias a los avances presentados en el Congreso de Vancouver. La novela, como lo anticipa Roberto Jacoby en el prólogo, tiene final feliz. El Dr. Rizzo no sólo me convenció, apoyado en los excelentes resultados de las nuevas terapias presentadas en Vancouver, de tomar la medicación antirretroviral, sino que además dio con las causas y encontró el tratamiento adecuado para mi enfermedad pulmonar. Pasaron catorce años desde la primera consulta con él. Nuestra relación médico-paciente trascendió el límite del hospital: desde hace mucho, como todos los que tenemos una relación de años con nuestro médico, lo llamo por su nombre de pila, Oscar; Oscar vino a la presentación de Un año sin amor en 1998, en 2005 ayudó a la producción de la película de Anahí Berneri basada en la novela, revisando desde el guión los temas médicos, enseñándole a Juan Minujin cómo toser y como tomar el aerosol dilatador bronquial, y facilitando el rodaje de las escenas en el Hospital María Ferrer. También cenamos juntos varias veces sus pacientes, convocados por él. Estas cenas, más allá de reafirmar el vínculo entre el Dr. Rizzo y cada uno de nosotros, eran un festejo bien merecido por las buenas noticias; todo lo contrario de lo que, antes de los resultados del Congreso de Vancouver, pudo haber sido para nosotros una especie de “última cena” al revés, donde los condenados a muerte éramos los invitados.
    —Vancouver fue un punto de corte absoluto en la enfermedad —dice el Dr. Rizzo—. Hay pocos momentos así: por ejemplo, cuando apareció la penicilina o cuando apareció el tratamiento para la poliomelitis. Esas situaciones se dan muy puntualmente y cada tanto. No es frecuente que, en medicina, un punto de quiebre sea tan significativo entre lo que era antes y lo que fue después.

    —¿Y esto cómo influye en la relación médico-paciente?

    —Cuando empezó la enfermedad, los médicos veíamos a los pacientes como víctimas, sabíamos que les esperaba la muerte, y es distinto el acercamiento que uno hace cuando sabe que el paciente se va a morir que cuando uno tiene expectativas de que ese paciente viva. Cuando el paciente está moribundo, la relación casi nunca se acerca a la igualdad. El paciente muy por abajo y el médico muy por arriba. También los médicos se preservan del dolor, entonces el vínculo que se hace no puede ser demasiado estrecho, y si es estrecho y no sabés manejarlo, te puede hasta dañar. Cuando un médico está enfrentado a una enfermedad crónica terminal, puede tomar dos actitudes: o es sumamente paternalista y se engancha, o toma cierta distancia y en ese caso la consulta es sobre todo técnica. Siempre hay en la relación un aspecto técnico que tiene que ver con la solución de un problema y otro aspecto que tiene que ver con cómo uno visualiza a los pacientes. Es como en las relaciones humanas: hay tipos que te caen bien, tipos que te caen neutros, tipos que te caen francamente mal y, en este último caso, uno tiende a orientarse hacia la cuestión técnica. Y cuando un paciente te cae muy bien, el vínculo te genera, por un lado, buscar la solución del problema técnico, pero también el acercamiento humano. Lo mismo ocurre en la relación de paciente a médico, hay pacientes a quienes el médico les cae bien, hay pacientes que ven al médico cómo un técnico y hay pacientes a quienes el médico les genera rechazo.

    —Después del Congreso de Vancouver, los seropositivos nos encontramos con que tenemos un futuro, pero también con que debemos seguir un tratamiento de por vida. Y en muchos casos esto genera un vínculo importante con nuestro médico.

    —Es fundamental que el paciente como tal se enganche con un médico y sienta una onda, no estrictamente de afecto, puede serlo o no, pero sí de correspondencia. Los medicamentos actúan mucho mejor en los pacientes si la relación con el médico es de confianza. Uno pone desde la perspectiva del paciente un puntito más para que las cosas funcionen y puede esperar el tiempo que sea necesario. Cuando la relación es muy técnica y el medicamento que uno recetó no funciona, el paciente tiende a no volver a la consulta, o si vuelve, lo hace desde una perspectiva de desconfianza. En cambio, si el paciente confía en el médico, por más que no funcione lo que le está dando, puede intercambiar, y en medicina hay mucho también de prueba y error, y eso hay que aceptarlo desde las dos partes.

    —En ese caso, poder tener un buen vínculo con el médico es fundamental porque uno puede conversar, proponer y sacarse dudas.

    —Totalmente. Estamos en una época en que la información está universalizada y el acceso a la información es posible a tal punto que un paciente puede entrar a leer artículos en revistas médicas. En la red está casi todo. Lo importante es que pueda conversar con el médico, quien debe tamizar esa información que muchas veces el paciente no puede analizar adecuadamente. Es bueno que el paciente esté informado, eso genera también en el médico la necesidad de explicar las cosas como son, porque hay una tendencia nuestra a tratar de hacer sin dar demasiadas explicaciones. Creo que eso de alguna manera se está revirtiendo. Por otra parte, hay situaciones donde los médicos nos enfrentamos a cuestiones complejas. Por ejemplo, que un paciente seropositivo se niegue a contárselo a su pareja. Uno como médico siente que tiene una responsabilidad frente a la sociedad. Si estamos hablando de una enfermedad que es transmisible, uno debe tratar de convencer al paciente de que no es solamente su enfermedad sino su enfermedad en su entorno. Y ahí es donde interviene la relación médico-paciente, porque desde el punto de vista estrictamente técnico, uno podría limitarse a darle el tratamiento para VIH, o para la sífilis si fuera sífilis o tuberculosis si fuera tuberculosis, pero si no intenta explorar el entorno de ese paciente, lo más probable es que esa enfermedad se descontrole y sea transmitida. Sólo una buena relación médico-paciente puede llevar a acercar a las partes, que el médico tenga el tiempo para poder generar la confianza de decirle: “Bueno, traé a tu pareja para que lo veamos aquí”. También hay cuestiones que tienen que ver con lo que al médico le molesta, ya sea desde el punto de vista religioso, moral, social o incluso de prejuicios. En los hospitales, el prejuicio es muy frecuente, por ejemplo en la atención de las travestis; muchos médicos rechazan atenderlas porque sienten que no saben cómo tratarlas. Y en realidad, en el tratamiento de pacientes travestis, igual que con otros pacientes, uno tiene que asumir que la relación existe y lograr que el paciente se sienta confortable, que no se sienta rechazado por su elección sexual. Si el paciente se asume como mujer, uno tiene que asumir que está hablando con una mujer, independientemente de sus concepciones individuales. Parece sencillo, pero a veces no se aplica. Desde el punto de vista de la identificación, por ejemplo, en la historia clínica figura el nombre y apellido masculinos, pero el paciente o la paciente en este caso se siente femenina. No cuesta nada adosar en la historia clínica el nombre femenino y llamarla por el nombre que ella eligió, y eso ayuda mucho a la relación médico-paciente, hace que la persona se sienta cómoda y que pueda participar y conversar adecuadamente con su médico.

    La burocracia y la deshumanización de la medicina

    Mi amigo Gustavo comenzó atendiéndose en Helios, una clínica especializada en VIH, uno de cuyos responsables es el Dr. Stambulian. Su cobertura médica estaba a cargo de Osecac y, según cuenta, fue la mejor atención que tuvo: “Con la médica tenía realmente buena empatía y además ahí mismo me hacían la atención odontológica, todos los análisis de laboratorio, tenían la farmacia donde me daban la medicación, era una experiencia que incluía todo”.
    Cuando su situación laboral cambió y dejó de estar dentro del convenio colectivo de los empleados de comercio, su cobertura médica pasó a manos de la obra social Galeno, que no tenía a Helios entre sus prestadores. Para mantener una cierta continuidad, Gustavo buscó una médica que había hecho una pasantía con su anterior infectóloga, pero no se sentía conforme: “No puedo hablar de su calidad como médica, pero sí de su relación conmigo. Sé que soy un caso bastante poco interesante, es decir, pasaban años en que lo único que tenía que hacer era una receta y una orden para el laboratorio cada seis meses para controlar mi estado. Y la verdad es que me empecé a sentir un poco negligido, un par de veces me había hecho mal las recetas, si iba a verla nada más para que me hiciera una receta, no podía hacérmela mal. Llegaba a la farmacia y me encontraba con que tenía que volver al consultorio para que me hiciera la receta bien. Una de las veces que la fui a ver, además, dejó pasar gente antes que yo, y cuando se lo reclamé, me dijo que era porque así íbamos a tener más tiempo para charlar después, cuando no era así, ella sabía que tenía que escaparme de mi trabajo para ir a verla”.
    Gustavo decidió cambiar de médico y con ayuda de su psicoanalista, que trabaja con muchos pacientes con VIH, buscaron en la cartilla de Galeno, y luego el psicólogo consultó las opciones con un médico amigo, que le recomendó a la doctora O, según él una tipa piola, joven, algo que para Gustavo es importante. La doctora O tiene su carácter. En una de las primeras consultas, Gustavo le contó que había tomado una vacación terapéutica, que consiste en la suspensión temporaria de la medicación bajo supervisión médica. Y ella ahí se atajó: “Ah, pero la vacación terapéutica no se hace más, no tenemos que interrumpir el tratamiento”... “Yo no vine a decirte que quería una vacación. ¡Te estoy contando mi historia clínica!”
    Ese es otro tema —sigue Gustavo—, mi historia clínica siempre quedó en el lugar original, en Helios, después se abrió otra con la segunda médica, y O no tiene acceso a ninguna de ellas y también tuvo que abrir una nueva. Eso es una barbaridad. Se supone que la historia médica es de uno, ni del médico, ni de la institución donde uno se atiende. Cuando me empecé a atender con la segunda médica la pedí, pero mi historia clínica nunca salió de ahí. Eso me parece una cagada total.
    Según el Dr. Rizzo, la relación médico-paciente se ve muchas veces perjudicada por cuestiones burocráticas: “En las estructuras pensadas técnicamente, lo que importa para la filosofía del prestador es que tenga cubierta la atención, pero no necesariamente manteniendo el vínculo. La relación puede ser buena en ese momento, pero no hay una continuidad en esa relación médico-paciente. Y la continuidad hace que se genere más confianza, que el médico pueda escuchar cosas del paciente que tienen que ver con su vida habitual, con su vida familiar, y también participar, dar opiniones e intervenir en ese tipo de cosas.

    —Algunos médicos aceptan el diálogo, pero otros no tanto.

    —En eso influye mucho la estructura sanitaria en nuestro país y en el mundo. Tanto en el sistema público como en el sistema privado hay una cantidad desmedida de pacientes para la cantidad de médicos que hay en los consultorios. Es decir, un médico tiene una cantidad muy alta de pacientes que asistir y un tiempo muy limitado. Uno no puede estar media hora o cuarenta y cinco minutos con todos los pacientes, pero sí con el paciente que lo necesita. A veces elige, incluso con el mismo paciente, cuando la consulta es más técnica y entonces trata de resolver cosas muy puntuales y le da menos lugar a la cuestión social de la visita médica, y hay momentos en los que lo puede atender con más tiempo. Pero hay médicos que no tienen la opción de elegir, tienen que atender todo lo que viene y como viene.

    —Diez minutos por paciente...

    —El sistema tiene mucho que ver con eso, la formación del médico, la necesidad de generar un volumen grande de consultas para sobrevivir en el sistema privado, porque la consulta se paga en un nivel increíblemente bajo para lo que son en general las necesidades de la gente. Eso genera un sistema perverso donde lo que se resiente es la relación médico-paciente. El ocuparse exclusivamente de problemas técnicos en el manejo de pacientes con VIH, o en pacientes con enfermedades como asma o diabetes, es solamente una parte de la cuestión, porque esa enfermedad además produce en cada paciente una constelación de temas relacionados con su vida social, en los que el médico podría participar; sin embargo, muchas de esas cosas quedan truncas porque el tiempo no da.

    —¿Cómo ves la política hospitalaria en la Argentina?

    —En la Argentina, el sistema hospitalario sigue siendo bastante caótico. Si bien es bueno puntualmente en muchas cosas, no hay una red de funcionamiento. Donde debería haber una distribución adecuada de hospitales, centros de salud y de atención primaria, no la hay. Los centros de atención de mayor complejidad, que podrían estar viendo exclusivamente alta complejidad, están de alguna manera subordinados a la atención de pacientes de baja complejidad, porque no consiguen la atención primaria en otros lados. Entonces no hay un escalonamiento adecuado de la salud en la Argentina. No hay una planificación. Tenemos muchos hospitales, por ejemplo, en la Capital, donde son relativamente pocos los pacientes que son propiamente de la Ciudad de Buenos Aires, y se ven muchos pacientes de la provincia de Buenos Aires, porque en los lugares donde viven no consiguen la atención necesaria. No están adecuadamente estratificados los niveles de atención, no hay una atención primaria, ni atención secundaria, ni atención terciaria, sino que todo es bastante caótico, no funcionan las redes, yo no tengo un tomógrafo acá y para pedir una tomografía computada tengo que llamar por teléfono a otros lugares de tomografía; en fin, no hay una red que sea ágil. Yo no soy sanitarista, quizá mis impresiones tienen más que ver con una visión desde la medicina asistencial; pero es necesaria una planificación mayor, que nunca se ha hecho

    lunes, 8 de noviembre de 2010

    SOY MANUEL GERARDO VIVO CON VIH Y DISCAPACIDAD Y ESTA ES MI HISTORIA

    domingo 16 de diciembre de 2007


    ESTA ES MI HISTORIA

    !HOLA ¡ SOY MANUEL GERARDO VIVO CON VIH Y DISCAPACIDAD Y ESTA ES MI HISTORIATODO EMPEZO CUANDO ME DIERON EL RESULTADO DE VIH EN DICIEMBRE DE 2002, EN ESOS MOMENTOS TAMBIEN MURIO MI PAREJA GAY, ES CUANDO ME EMPEZARON A MEDICAR Y POR NEGLIGENCIA MIA NO ME TOME LOS MEDICAMENTOS Y A PARTIR DE AHI Y DURANTE LOS PROXIMOS 6 MESES NO LOS TOME PORQUE NO QUERIA VIVIR.
    ESTO DESENCADENO UNA SERIE DE PROBLEMAS Y DE ENFERMEDADES COMO EL TOXOPLASMA GONDI Y ADEMAS DE UN INFARTO POR EL CUAL TENGO UNA DISCAPACIDAD MOTRIZ DEL LADO IZQUIERDO, POR LA BAJA DE DEFENSAS, ASÍ FUE COMO TUVE QUE APRENDER A CAMINAR CON UNA ANDADDERA Y DESPUES CON UN BASTON.
    Y TODO ESTO ES POR NO TENER UNA REHABILITACIÒN ADECUADA YA QUE YO POR MI PARTE TUVE QUE APRENDER A HACERME LOS EJERCICIOS PERO ESO NO ES TODO, EN AQUEL TIEMPO LA DEPRESION ERA MUY FUERTE, PUES YO YA NO QUERIA VIVIR Y ME ESTABA DEJANDO CAER PARA YA NO VIVIR. ESTO ME OCASIONO OTRA BAJA DE DEFENSAS Y OTRA INFECCION OPORTUNISTA QUE FUE EL CITOMEGALOVIRUS, POR LO CUAL PERDI LA VISTA DE UNO DE MIS OJOS
    BAJO ESAS CIRCUNSTANCIAS TOME LA DESICIÓN DE BUSCAR AYUDA EN UN GRUPO DE AUTOAPOYO PARA QUE PUDIERA CAMBIAR MI FORMA DE PENSAR Y ACTUAR; DESPUÉS DE 4 AÑOS DE VIVIR CON VIH, Y ENFRENTAR LAS COMPLICACIONES, SIGO CON VIDA Y LUCHANDO POR SALIR ADELANTE HASTA EL FINAL.
    GRACIAS A LOS GRUPOS DE AUTOAPOYO COMO “ALBERGUES DE MÉXICO” Y "DIVERSUM MÉXICO” POR AYUDARME, YA QUE AHORA TAMBIÉN SOY VOLUNTARIO, PUES QUIERO AYUDAR A PERSONAS QUE AL IGUAL QUE YO, HAN VIVIDO O ESTAN VIVIENDO LAS MISMAS CONDICIONES.
    ¡¡¡GRACIAS!!!

    ATENTAMENTE: MANUEL GERARDO.-voluntario de Diversum México, contesta la linea telefonica y moderardor en el grupo de autoayuda los dias sàbados
    DICIEMBRE DE 2007